What is Holding Time?

por Martha Welch y Nancy D'Antonio

La terapia del abrazo forzado es una técnica práctica para las madres que pretenden conseguir una relación más estrecha con sus hijos. Esta técnica maximiza el desarrollo intelectual y emocional.  El abrazo mejora la autoestima, resuelve problemas y habilidades comunicativas. Incrementa la habilidad del niño para establecer relaciones interdependientes. Los niños aprenden a verbalizar su angustia interna sin dificultad. Vosotros, como padres, quedaréis sorprendidos al descubrir lo que vuestros hijos han estado reprimiendo en su interior.
La evidencia demuestra los efectos nocivos del estrés sobre el desarrollo del cerebro. Para un niño, el estrés es habitualmente causado por la separación de su madre y la subsiguiente desregulación. En un mundo ideal, las madres mantendrían a sus hijos pequeños cerca de ellas en todo momento, reconociendo sus necesidades y regulando su comportamiento de manera consistente y constante. Esto proporcionaría al niño un estado de tranquilidad, condición óptima para aprender y para hacer frente a emociones fuertes.

Sin embargo, en un entorno tan acelerado como el actual, los bebés y los niños experimentan demasiadas separaciones. Si las necesidades del niño no son reconocidas de manera rápida, se sentirá herido, triste, enfadado y abandonado. Se sentirá mal consigo mismo y perderá su sentido de la seguridad y confianza. En casos extremos, ello les llevará comportamientos agresivos, e incluso sádicos.  El tiempo del abrazo forzado ofrece a la madre y al niño una sintonía  biológica y reestablece la capacidad de la madre para regular a su hijo.

El proceso consiste en tres fases específicas: Confrontación, Rechazo y Resolución. La madre se sienta en un asiento cómodo. El niño, sentado a horcajadas sobre el regazo de su madre y con las piernas rodeando su cintura. En el caso de un niño mayor, ella puede tumbarse usando su cuerpo para mantener el contacto físico. Estas posiciones permiten un contacto visual directo entre la madre y el niño, a la vez que el control de los intentos del niño por evitarlo. El aspecto físico del abrazo es importante, ya que afecta a los niveles de estrés tanto de la madre como del niño llevando a ambos a un estado psicológico más tranquilo.
Durante la Confrontación, el niño puede protestar de inmediato, o puede ser un intercambio feliz. Eventualmente el niño forcejeará para escapar. Durante esta fase, la madre expresa, de manera emocional y verbal sus sentimientos, preocupaciones, frustraciones, esperanzas e ira, así como su cariño y amor hacia el niño.

La fase de rechazo alcanza su punto máximo cuando el niño comienza a dar rienda suelta a su ira. La madre puede usar la fuerza de sus sentimientos para intensificar el contacto y prevenir el retraimiento del niño. La madre deberá usar declaraciones sencillas con mensajes claros. “Deja de pegarme. Cuando me rechazas me siento herida. Te quiero y quiero sentirme cerca de ti.” “Necesito que participes en la familia y que ayudes en las tareas de la casa.” “Necesito que me quieras tanto como yo a ti”. Es importante emparejar el alcance de los sentimientos del niño con los suyos propios. Ella debe demandar respeto, un trato recíproco, y al mismo tiempo reconocer los sentimientos de su hijo y ayudarle a distinguirlos mediante la expresión de la ira y ser mezquino. Las madres necesitan enseñar a los niños pequeños, incluidos los que aún no hablan, a identificar sus sentimientos y a expresarlos de manera socialmente aceptable. Incluso los niños de dos años aprenderán a solventar sus frustraciones a través de este método.

La disposición materna para compartir su daño debido al rechazo de su hijo provocará la simpatía y la dedicación que es el principio de la reciprocidad. Los gritos desde la distancia hacen que el niño se ponga a la defensiva. Pero cuando un niño ve y siente a su madre gritando en sus brazos, reconocerá sus sentimientos y responderá con empatía. La ira se transforma en una intimidad tierna con un intenso contacto visual y físico, besos y una conversación afectuosa, altamente gratificante tanto para la madre como para el hijo.
Durante la fase de resolución la madre y el hijo experimentan la alegría del amor recíproco, se abrazan, se besan, se escuchan y hablan sin barreras. Esto hace más profundo sus lazos mutuos de confianza. Su autoestima crece por haberse sostenido mutuamente a través de un tumulto emocional. La empatía y compasión mutuas crecen. Un niño que sabe que su madre siempre le amará y que nunca le abandonará, incluso en las más profundas expresiones de cólera, tendrá más probabilidades de volver a ella cuando sea un adolescente o un adulto joven y encare la tentación y la presión de su grupo social o generacional para experimentar con las drogas, el sexo o comportamientos delictivos. En contraste, el niño que ha experimentado varias separaciones y la no satisfacción de sus necesidades, se ve forzado a ser prematuramente independiente y permanecerá aislado, enfadado o retraído y/o dependiente de la aprobación de su grupo social o generacional.

Un niño que desarrolla un equilibrio resultante de la empatía y la reciprocidad dispone de todos los recursos y talentos disponibles para manejar su entorno, formas de hacer exitosas y constructivas, relaciones mutuas gratificadoras en la escuela y más tarde en el trabajo y con su propia futura familia, así como con su familia paterna.

© 2001, todos los derechos reservados. Escrito por Martha Welch y Nancy D’Antonio. No puede ser reproducido en forma alguna sin el permiso de los autores.


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